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Historias

Una nueva línea

Hace tiempo que Natalie lleva las riendas: su amante Max entra en casa como uno más de la familia, y su marido Eric cumple obediente cada una de sus órdenes. Pero esta noche su mujer se inventa un juego que empujará a Eric a cruzar una línea más y a descubrir algo de sí mismo que nunca se había atrevido a admitir. Una historia de sumisión, confianza y límites que una pareja amplía juntos.

19 de octubre de 2026 · 20 min

Natalie estaba sentada en el sofá con Max. Sus tetitas, pequeñas pero todavía firmes, se balanceaban con picardía de un lado a otro cada vez que gesticulaba contándole algo. A Eric apenas le hacía caso: solo le lanzaba de vez en cuando una mirada de reojo, como para comprobar que seguía allí. Max no perdía ocasión de pellizcarle un pezón. Su otra mano, cuando no sostenía una copa, tampoco se estaba quieta: recorría las piernas desnudas y esbeltas de Natalie, acariciándole los muslos firmes.

Eric veía perfectamente lo que pasaba bajo la mesa. Estaba sentado justo enfrente, bebiendo despacio un vino blanco.

Max dejó otra copa vacía y, inclinándose sobre Natalie, empezó a besarla, separándose de sus labios de vez en cuando para decirle algo. Natalie soltó una carcajada, apartó un poco la mesa del sofá, cogió el mando, quitó el sonido y, mirando a Eric, dijo:

—¡Ven aquí a gatas! ¡Rápido!

Eric se puso obediente a cuatro patas y avanzó hacia Natalie y Max. Natalie abrió las piernas y señaló con el dedo hacia abajo, allí donde el vello bien recortado de su pubis daba paso a una fina hendidura que se hundía hacia abajo.

—No querrás que a tu amada le duela, ¿verdad?

Eric negó con la cabeza.

—¡Lámela! ¡Prepara a tu señora!

Eric hundió obediente la cara entre las piernas de su mujer. Mientras tanto, ella empezó a besarse con Max.

—¡Veo que no has perdido el tiempo! ¡Toda una señora!

—Es que hemos hecho un trato. Él cumple obediente mis órdenes, y yo ya no me pongo agresiva ni le hago daño. Todo por amor, Max, ¡todo por amor!

—¡Genial!

Y Max rodeó con sus labios firmes y carnosos los pezones hinchados. Sus dedos le apretaron el pecho, dejándole marcas rojas. Natalie soltó un gemidito y echó una pierna sobre la espalda desnuda de Eric, que le lamía el coño con esmero. Últimamente recibía a menudo caricias orales, y cada vez le gustaban más. Max, con experiencia, sabía exactamente dónde y cómo usar la lengua para que a Natalie se le fuera la cabeza. A Eric, en cambio, todavía le quedaba mucho por aprender. Y Natalie compensaba su inexperiencia agarrándolo del pelo y guiándolo con la mano. Pero esta vez todo iba como debía, y la respiración de Natalie se hacía cada vez más profunda, anunciando que pronto podría correrse.

—¡Vale, vale, basta! ¡Ven aquí, cariño!

Max atrajo a Natalie hacia sí. Eric levantó la cabeza y la miró como un perro fiel, esperando una orden. Los brazos fuertes de Max no le dejaron ninguna opción ni a Eric ni a Natalie.

—¡Ay, cariño, no me has dejado correrme con su lengua!

—¡Ya tendrás tiempo! Ahora vamos a meterle mi amiguito a tu coñito caliente.

—¡No, así no! ¡Probemos así!

Natalie se zafó de los brazos de Max, se puso de espaldas a él y se acomodó sobre su polla. Rodeó con la palma el tronco caliente y duro y, guiándolo hacia su coño aún mojado por la saliva de Eric, bajó suavemente casi hasta la base. Tenía las piernas muy abiertas, los pies apoyados en el cojín del sofá, y las caderas subían y bajaban despacio. Eric estaba sentado en el suelo frente a ellos, y a pocos centímetros de su cara la enorme polla de Max, gruesa y llena de venas, parecía estar desgarrando el coñito pequeño y delicado de su mujer. Ese agujerito tan dulce que él acababa de lamer con tanto fervor, preparándolo precisamente para aquel monstruo.

Natalie sonreía mirando la cara de Eric, y sí, vio cómo una gota de líquido transparente aparecía en la punta de su pequeña polla. Tenía el glande casi siempre cubierto por el prepucio, y solo asomaba en momentos de gran excitación. Ahora también la puntita asomaba y brillaba con una gota tensa.

—¡Abre un poco las piernas! —Natalie giró la cabeza hacia Max.

—¿Qué? ¿Para qué?

—¡Ábrelas!

Max abrió obediente las piernas todo lo que le permitían los pies de Natalie apoyados en el sofá. Natalie llamó a Eric con el dedo y le señaló su coño, estirado al parecer hasta el límite por la gruesa polla de Max.

Eric tragó saliva con dificultad, contemplando de cerca el sexo de su mujer, cuyos labios se ceñían con fuerza a la poderosa polla de venas sinuosas. Nunca había visto tan de cerca la polla y los huevos de otro hombre. Y ahora que su mujer lo invitaba a lamerla mientras la polla de Max le taladraba el coño, hasta le rugió el estómago de nervios y excitación. Una vez más, como pidiendo permiso, levantó la vista hacia Natalie y, al ver su gesto con el dedo entre las piernas, acercó tímidamente la cara; incluso notó el olor de sus dos cuerpos unidos.

Durante unos segundos miró la polla, hundida hasta el fondo en Natalie, que había dejado de subir y bajar y se mecía sobre ella en lentos círculos. Unos centímetros de tronco grueso y la piel arrugada de los huevos de Max estaban justo delante de su cara. Eric sacó la lengua con timidez y rozó con la punta la parte de arriba del coño estirado de Natalie.

Natalie se quedó quieta un instante al sentirlo. Solo cuando la lengua de Eric llegó con más decisión hasta su clítoris volvió a mecerse sobre la polla. Soltó un gemido fuerte, y Eric sintió que su propia polla soltaba un chorro de semen. Le flaquearon las piernas un momento y tuvo que esforzarse para no caerse. Unos segundos después siguió moviendo la lengua por su coño, alrededor de la polla de Max.

Max no podía ver lo que pasaba entre sus piernas. Solo cuando sintió un aliento caliente junto a sus huevos comprendió lo que Natalie había tramado al sentarse en su polla de espaldas. Lo único que le incomodaba era no poder moverse él y marcar el ritmo.

—¡Oh, sí! ¡Nena, eres la bomba!

Max intentó dar un golpe de cadera, porque Natalie había dejado de moverse. Pero Natalie estaba ocupada en algo muy distinto. Sentía la poderosa polla de Max llenándola por dentro, llegando hasta lo más hondo. Y al mismo tiempo, las caricias delicadas de la lengüita firme e insistente de Eric.

Las nuevas sensaciones hicieron que Natalie se dejara llevar todavía más rápido. Desde lo más profundo del vientre le subieron oleadas que se extendieron por todo el cuerpo, haciéndole temblar las piernas y las nalgas. Gritó, agarró a Eric del pelo y le apartó la cabeza de un tirón. Los dedos de la otra mano se clavaron en la pierna de Max, dejándole marcas de uñas. El grito se convirtió en un gruñido-ronroneo incoherente. Si no hubiera sido por las manos de Max, que le estrujaban los pechos, Natalie se habría caído.

Natalie volvió a apretar la cara de Eric contra su coño, y de pronto su boca quedó a la altura de la base de la polla de Max. Eric solo se dio cuenta cuando su lengua y sus labios toparon de lleno con el tronco resbaladizo y firme. Al principio quiso echarse atrás, apoyando las manos en el sofá. Pero fue como si algo hiciera clic en su mente, y pasó la lengua arriba y abajo, como buscando la dirección correcta. Y, atento a lo que sentía, empezó a mover la lengua cada vez con más ganas. Los huevos de Max se encogieron al principio por la sorpresa. Pero a cada segundo las sensaciones eran más agradables. Él también empezó a gemir bajito, adelantó un poco las caderas e intentó abrir aún más las piernas.

Los labios de Eric envolvían con ternura su escroto, tirando de la piel arrugada. Su lengua jugaba suavemente con los huevos, luego recorría la base de la polla y subía hasta la carne tierna del coño de Natalie. La humedad que brotaba de ella ni siquiera tenía tiempo de llegar a los huevos: ¡Eric lo lamía todo!

—¡Oh, sí! ¡Venga, venga, lámeme los huevos! ¡Muy bien! ¡Uooo! ¡Qué gusto!... ¡Nena, qué buena idea has tenido!

Natalie volvió a mover un poco las caderas, con cuidado de no asustar a Eric, y cuando él volvió a rodear los huevos con los labios, la polla de Max empezó a palpitar y a sacudirse, llenándole el coño de semen.

—¡Ohhh! ¡Nena, ya está! ¡Sois increíbles, los dos! ¡Uf!

Max resoplaba como si no se hubiera corrido una vez, sino al menos tres.

—Mi amor, ahora voy a chorrear y a manchar el suelo. No vas a permitirlo, ¿verdad? —Natalie miraba a Eric directamente a la cara al decir las últimas palabras.

En sus ojos se leía la sumisión, y Natalie levantó las caderas de modo que la polla se salió de ella, y de su agujerito, que no había tenido tiempo de cerrarse, empezó a salir semen: un líquido turbio y espeso.

Las nalgas de Natalie apretaron la polla resbaladiza de Max, mientras Eric, pegando los labios, recogía el semen que salía y los fluidos de su mujer y se lo tragaba todo con avidez. Al mismo tiempo sentía que su polla volvía a ponerse dura, como si no se hubiera corrido unos minutos antes.

—¡Vale, vale, basta! ¡Muy bien!

Natalie se levantó un poco, apartándose de la cara de Eric. Las últimas gotas cayeron sobre los huevos de Max, y cuando Natalie ya estaba de pie, Eric, todavía entre las piernas de Max, lo miró. Max asintió con aprobación y levantó el pulgar.

—¡Ve a lavarte la cara! —ordenó Natalie, aunque ya con un tono menos severo.

Eric se levantó obediente y, dándose la vuelta enseguida como si le diera vergüenza su erección, salió de la habitación.

—¡Nena, ha sido increíble! ¡Nunca había sentido nada igual! ¡Me follo tu coño y me lamen los huevos! ¡Ha sido la bomba! ¡Hay que repetirlo!

—Sí, cariño, yo también me he corrido de maravilla. ¡Tu polla y su lengua me han hecho llegar todavía más rápido! ¡Y ha sido más intenso! Como aquella vez que me cogiste por detrás y tus dedos jugaban con mi coñito. Solo que ahora ha sido aún más delicado.

—¡¿Ah, sí?! ¿Quieres decir que yo no soy tan delicado? —dijo Max riendo.

—¿Y tú quieres decir que él te ha lamido los huevos con más delicadeza? —le respondió Natalie en el mismo tono.

—¡Oh, no, nada se compara con tus labios y tu boquita! ¿Te la metes en la boca? —Max señaló su polla casi flácida.

Natalie se puso de rodillas, le cogió la polla con la mano por la base y se metió el glande en la boca.

Eric se miró en el espejo. Tenía las mejillas, los labios y la barbilla mojados con una mezcla del semen de Max y los fluidos de Natalie. La polla la tenía como un palo. Y Eric, repasando en su cabeza lo que había pasado unos minutos antes, se la agarró con dos dedos y empezó a pajearse muy rápido.

Cuando volvió al salón, encontró a Natalie de rodillas, chupándole la polla a Max. Hacía ruidos húmedos y ronroneaba como una gata satisfecha. Sin quitarles los ojos de encima, Eric se sentó en su sillón y se sirvió una copa de vino.

Al ver a Eric, Max también alargó la mano hacia la mesa, y a los pocos segundos tenía una copa llena. La levantó a modo de saludo hacia Eric y se la bebió de un trago.

Eric asintió y levantó su copa en respuesta. Pero, a diferencia de Max, solo dio un sorbo y siguió observando a Natalie.

• • •

Por la noche, cuando la puerta se cerró tras Max y unos diez minutos después Natalie se metió bajo el edredón con Eric, él todavía no dormía.

La fina tela del camisón se le había subido un poco, y el muslo fresco de Natalie rozó la pierna caliente de Eric.

—¡Qué calentito estás! ¡Abrázame!

Eric levantó el brazo derecho y Natalie se recostó en su hombro, pegándose aún más a él.

—¿Todo bien? —preguntó Natalie de un modo que hizo que Eric entendiera enseguida a qué se refería.

—Sí, todo bien.

—¿De verdad te gusta todo esto?

—Sí.

—¿Y su polla?

Eric se quedó callado. No sabía qué contestar. Sí, le gustaba mucho su polla. Y lo que había pasado ese día también le había gustado mucho. No, en otra situación —o si Max y él hubieran estado a solas— Eric desde luego ni siquiera la habría tocado. Pero cuando esa polla se follaba a su mujer...

—Oye, ¡pero si hoy no te has corrido! Vi lo empalmado que estabas. ¿Quieres que te la chupe?

Eric ni siquiera tuvo tiempo de decirle que ese día se había corrido más de una vez, cuando sintió su mano en la polla. Y un instante después, su boca caliente, que se tragó entera su pequeña polla flácida.

Natalie la trabajaba con los labios, la movía de un lado a otro con su lengua firme, le lamía con ternura el glande, bajándole la piel. Y sus esfuerzos dieron fruto muy pronto. La polla se endureció y se puso en pie, pero seguía siendo de un tamaño que Natalie podía metérsela entera en la boca sin problema.

—Mmmm... —se oía en la oscuridad. Natalie chupaba con esmero la polla endurecida, y lo hacía con bastante habilidad. A Eric hasta le dio tiempo a pensar que antes nunca le había hecho una mamada. Y ahora que él mismo prácticamente se había metido en la boca la polla de un hombre, estaba irreconocible.

Los dedos delicados de Natalie rodearon la polla y su mano empezó a subir y bajar muy deprisa: se le debía de haber cansado la boca y, para no parar, se ayudaba con la mano. Luego el glande volvió a hundirse en la boca caliente y suave de su mujer. Su lengua hizo unas cuantas piruetas alrededor. La polla entró entera, hasta que la nariz de Natalie tocó su pubis, y de nuevo su mano se movió rapidísimo, llevando a Eric al final.

—Me... Me voy a...

Eric no terminó la frase. La cabeza de Natalie se movió sobre su polla y, unos segundos después, Eric sintió que su polla soltaba un chorrito de semen.

—¡Mmmm! ¡Pues ya te has corrido tú también! —la silueta de Natalie se recortaba con claridad en la oscuridad. Se había incorporado y estaba sentada de rodillas, con las piernas dobladas bajo el cuerpo.

—¡Gracias!

—¿Te ha gustado?

—Sí. ¿Y a ti?

—Sí, no ha estado mal.

—¿Pero su polla es mejor?

—Bueno, si comparamos el tamaño, sí.

—¿Y qué más se puede comparar?

—¡Pues el sabor! Te gusta el sabor del semen, ¿no? —y Natalie se pegó a los labios de su marido. Su boca desprendía el aroma a semen que Eric ya conocía tan bien.

• • •

—Eric, ¿te importa si Max viene hoy por la tarde?

—Creía que venía el sábado.

—Este fin de semana trabajo. Helen me ha pedido que la sustituya: casa a su hija.

—Vale, que venga. Pero yo no voy a beber. Mañana tengo que ir a la oficina. No quiero presentarme ante mi equipo con mala cara.

—¡Sí, vale! ¡Lo que tú digas!

Max se presentó puntual como un reloj, justo pasada la una.

—¡Hola! —sonó su voz clara desde la puerta. A pesar de lo corpulento que era, su voz no tenía nada de ruda.

—¡Hola, hola! —Eric le cogió la bolsa a Max y le tendió la mano.

—¡Hola, Max, ya te estábamos esperando! —Natalie se pegó a él como una gata.

—¡Nena, que me vas a tirar!

Eric ya no oyó el resto de la conversación. Estaba rebuscando en la bolsa, sacando a la mesa la comida y las bebidas.

—Eric, colega, te he traído una botellita de vino. ¡Ya sé que lo fuerte no es lo tuyo! ¡Natalie y yo nos vamos a meter un whisky! ¿Verdad, nena?

—Bueno, un poquito sí —respondió Natalie.

—Me voy a dar una ducha, si no os importa. Ni siquiera he pasado por casa: he venido directo del trabajo. Nena, ¿me das una toalla? ¿O te vienes conmigo?

Max se rio y, rodeando a Natalie con el brazo, le dio un beso sonoro en los labios. Su mano bajó hasta su culo y le apretó con fuerza una nalga firme. A Eric no se le escapó, y sintió cómo el deseo se despertaba en su interior.

Quería que Max, ahora mismo, allí mismo, le levantara a su mujer el vestidito corto y le metiera su enorme polla surcada de venas en su agujerito estrecho. Se imaginó a su Natalie retorciéndose de dolor y de placer, mirándolo directamente a la cara, y cómo con cada embestida sus ojos se convertían en los de una puta sucia que disfruta viendo sufrir a su marido. Y a la polla que se le clava hasta lo más hondo.

—¡Eric! ¡Eric, ¿qué haces ahí parado?! ¿Estás bien?

Eric volvió en sí de golpe. Sentía un dolor agradable en la entrepierna y tenía la polla casi dura. Y Max ya no estaba en la habitación.

—¿Qué te pasa?

—Nada, estoy bien. Solo es que...

—Ya estás excitado. ¿Qué? ¿Qué te has imaginado? ¿Quieres que hoy lo haga todo como tú digas? Cuéntamelo, quedamos en compartirlo todo.

—Nada especial. Solo me he imaginado cómo te folla delante de mí.

—Enseguida sale. ¿Y si nos desnudamos ya nosotros también?

Eric se encogió de hombros, y Natalie ya se estaba sacando el vestido por la cabeza. Sus tetitas se balancearon de un lado a otro, los pezones lucieron provocativos sus areolas oscuras, y Eric volvió a sentir cómo su polla, que empezaba a bajar, se animaba.

—Oh, nena, ¿ya estás lista?

Max apareció tan de repente como se había ido. No llevaba ropa, solo una toalla anudada a las caderas. Se acercó a Natalie y estaba a punto de besarla cuando ella se arrodilló de golpe delante de él, le arrancó la toalla y, girándolo para que Eric lo viera, se metió en la boca la polla colgante.

—¡Oh, nena! ¡Eres increíble! ¡Sí, sí! ¡Venga, ohhh! —Max miró a Eric y le apretó la nuca a Natalie con la palma. Ella incluso se atragantó y se quedó quieta un instante. Pero enseguida se repuso y empezó a chupar con ganas la polla endurecida, que le llenaba toda la boca.

Cuando Max tensó las piernas y apretó un poco la cabeza de Natalie contra su entrepierna, Eric comprendió que se estaba corriendo. Natalie también fue más despacio y, recogiendo todo el semen en la boca, se sacó la polla, miró a Max a los ojos y entreabrió la boca para enseñarle que lo tenía todo dentro.

Luego se puso de pie, se acercó a Eric, le rodeó el cuello con los brazos, se pegó a él con todo el cuerpo y sus labios se unieron. La boca de Eric recibió la mezcla pegajosa y áspera de semen y saliva. Parecía no dejar de fluir en su boca, envolviéndole la boca, la garganta y todo por dentro.

Con el vientre desnudo, Natalie notaba la erección de su marido a través del pantalón. Pero no tenía ni punto de comparación con la polla que acababa de tener en la boca.

—¡Bueno, vamos a picar algo!

Natalie fue a la mesa como si nada y se limpió con una servilleta los restos de semen de los labios.

Max descorchó una botella y llenó los vasitos. Iba a abrir también el vino que le había traído a Eric, pero este lo detuvo.

—No hace falta, hoy me abstengo. Con zumo tengo bastante.

Eric también se limpió la cara con una servilleta. El sabor del semen lo llenaba por completo. Le parecía que, si ahora le ofrecieran algo de comer, lo rechazaría, como si el semen le hubiera llenado el estómago.

Max y Natalie se sentaron en el sofá, y Eric se instaló enfrente, en una silla. Los miraba y digería sus sensaciones: ponía en orden sus sentimientos, colocando cada cosa en su sitio. La conversación no le interesaba demasiado, y de todos modos nadie le preguntaba nada. Max manoseaba el cuerpo de Natalie y se reía a carcajadas que llenaban la habitación, mientras Natalie se le arrimaba cada vez más. Eric veía y sentía cuánto deseaba ella recibir dentro su poderosa polla, que le estiraría la rajita estrecha y la haría gritar y retorcerse de éxtasis.

Por fin Max sentó a Natalie en su regazo —o más bien sobre sus muslos, de espaldas a Eric— y un minuto después ella ya se mecía con todo el cuerpo sobre su polla. Tenía la rajita mojada desde hacía rato, así que primero la habitación se llenó de chapoteos, y luego los gemidos de Natalie taparon hasta la televisión encendida.

En la habitación hacía calor, y Eric también se quitó la camisa y, bajándose el pantalón, empezó a tocarse despacio. No tenía prisa, sabía que aún no había llegado al punto álgido. Aunque cuando miraba a Natalie chupar, habría podido correrse con solo rozarse. Ahora solo veía a Natalie gimiendo y retorciéndose, sentada de espaldas a él y cabalgando la polla de Max.

Un grito anunció a todos que Natalie se había corrido. Se quedó laxa, derritiéndose sobre el cuerpo de Max. Él también dejó de moverse y, esperando a que Natalie se recuperara, le susurró algo al oído. Natalie se dio la vuelta y miró a Eric.

—Cariño, ¿estás listo?

Sin saber para qué tenía que estar listo, Eric asintió obediente.

—¡Vamos al dormitorio!

Natalie cogió a Max de la mano y tiró de él.

—¡Túmbate en la cama, con la cabeza aquí! ¡Y quítate de una vez el pantalón!

Eric se desnudó obediente y se tumbó como le había mandado su mujer. De su polla brotó una gota de líquido. Natalie le dijo algo a Max y, de pie sobre la cama, se agachó sobre la cara de Eric. Ahora no olía a semen, pero estaba lo bastante mojada como para que Eric hundiera casi toda la cara en su coño empapado. Natalie se removió un poco sobre su cara, y Eric se puso a trabajar con la lengua, lamiéndolo todo por fuera y por dentro, intentando llegar lo más hondo posible. De repente la mano de Natalie le agarró la polla, que goteaba. Eric hasta dio un respingo de la sorpresa. Natalie levantó las caderas, liberándole la boca, y, con una palmada provocativa de la mano libre en la nalga, se la separó un poco. Eric esperaba que de la rajita abierta le cayera un chorro en la cara. Pero en lugar de eso vio a Max encima de él. Mejor dicho, lo vio solo un instante. El resto del tiempo contemplaba su poderosa polla y sus huevos colgantes. Y la polla entera tampoco la vio mucho tiempo. Separó los labios y se hundió por completo: fuera solo quedaron la piel arrugada de sus huevos y los pliegues del coño de ella, estirados hasta un tamaño inimaginable. Eric lo miraba todo desde abajo, y los huevos de Max balanceándose sobre su cara, junto con la mano de su mujer acariciándole la polla, lo sumían en trance.

Eric intentaba atrapar con los labios los huevos de Max. Sacaba la lengua, se los lamía e incluso tiraba hacia abajo de las caderas de Max, rodeándolas con los brazos. Max a veces aflojaba el ritmo para dejar que Eric jugara con sus huevos, y otras le clavaba la polla con renovada fuerza en la rajita de Natalie, de la que salían salpicaduras en todas direcciones, empapándolo todo. Y Eric atrapaba con deleite esa humedad con la boca y le lamía el escroto a Max siempre que podía. Ya casi no sentía las caricias de Natalie. Además, bajo las embestidas de Max, a ella se le paraba la mano una y otra vez; sus pechos se habían apoyado sobre el vientre de Eric, y con cada empujón por detrás se deslizaba sobre el cuerpo de su marido como una muñeca de trapo.

Un espasmo recorrió todo el cuerpo de Natalie, transmitiendo el temblor a Eric y a Max, que la embestía por detrás. Natalie gritó y sus dedos se clavaron en la piel de su marido, haciéndole un poco de daño. Pero Eric no lo notaba: sus labios intentaban con ansia atrapar los huevos de Max, que le metía la polla hasta el fondo y, sin sacarla ni siquiera a medias, volvía a clavarla una y otra vez. Él también sentía cómo Eric intentaba atraparle los huevos con los labios, pero no se detuvo hasta el último momento, cuando sintió que estaba a punto de correrse con fuerza.

Eric volvió a abrir la boca, intentando al menos lamer los huevos de Max. Y en ese mismo instante Max se salió de golpe del coño de Natalie y dirigió la polla hacia abajo, directamente a los labios abiertos de Eric. Estos rodearon con ansia el glande, a punto de estallar. La cabeza de Eric se echó hacia atrás por sí sola, dejando que la polla entrara más hondo. Y en ese preciso momento la boca se le llenó de un líquido tibio, espeso y de un sabor ya tan conocido. La polla se sacudió, contrayéndose varias veces, y se quedó quieta.

Fue justo en ese momento cuando Eric se dio cuenta de que su propia polla había soltado semen sobre su vientre.

Tenía la boca llena de semen y, soltando un poco la polla, pero no del todo, se lo tragó todo. Luego volvió a metérsela un poco más hondo y, mientras le sacaba las últimas gotas, tomó conciencia de lo que estaba haciendo.

No, no sentía ni una pizca de asco. Ni hacia Max, ni hacia Natalie, y mucho menos hacia sí mismo. Había cruzado otra línea. Una línea tras la que se escondía su verdadera naturaleza.

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